Los danzantes son los que llegan
primero, conformados por los voladores, los quetzales, los negritos, los
tejoneros, así como los toreadores, que son acompañados por sus respectivos
músicos, quienes caminan por el pasillo central bailando algunos de sus sones.
Entran y se arrodillan frente al altar mayor donde los espera San Mateo, se
persignan y depositan una vela, la cual encienden después de hacer una
reverencia al Santo Patrón del pueblo, dando así gracias por las buenas
cosechas y por una año más de vida.
Y así, mientras el pueblo sigue
despertando lentamente, aún con sueño y frío se acercan a la iglesia los
feligreses, pues celebraran del 20 al 23 de septiembre su fiesta patronal; no
importa qué día caiga, la festividad siempre se celebra en las mismas fechas.
Al poco rato, la gente va llegando silenciosamente a la iglesia para presenciar
la ceremonia de los cuatro puntos cardinales, así como cantar las mañanitas
dedicadas al Santo Patrón, en un acto donde todo es música y religiosidad; poco
a poco la iglesia se encuentra cada vez más concurrida. Se escucha ya el
murmullo de la gente, las voces agudas de los niños y el rechinido de las
bancas que van siendo ocupadas por los fieles. No pasa mucho rato cuando
aparece el sacerdote, dando con ello inicio a la celebración donde toda la
gente participa, junto con el mayordomo, que se hace acompañar de su familia e
invitados, realizando cantos y rezos, sin faltar las veladoras encendidas y el
incienso que purifica a las personas ahí presentes.
Los danzantes en la madrugada,
mientras termina la ceremonia religiosa, salen de la iglesia e interpretan
algunos sones en el atrio.
Al poco rato, ya de día, la gente
va saliendo de la iglesia y se encamina junto con los danzantes a casa del
mayordomo, donde la cera está colocada para rendir culto a San Mateo.
Posteriormente llega el momento del descanso y la convivencia con sus hermanos.
En el patio de la casa hay mucha gente en movimiento. Los familiares del
mayordomo y otras personas se ocupan de atender a los que vienen llegando, aun
a los extraños, ofreciendo pan y champurrado para recuperar las energías. Los
invitados se acomodan en algún lugar de las banquetas fuera de las casas del
vecino para disfrutar del baile de los danzantes, mientras platican y conviven
entre ellos, saboreando los alimentos que el mayordomo les ofrece, y de esta
forma darles las gracias por acompañarlo en este día de fiesta.
Terminado el convite algunos
danzantes emprenden nuevamente el regreso a la iglesia por las calles del
pueblo, ya que se acerca la hora de la misa, que será a las doce del medio día,
donde se realizan confirmaciones y bautizos. La gente camina con sus mejores
galas tratando de llegar temprano y así ocupar un buen lugar para la ceremonia;
los cohetes retumban en el cielo con su ruido atronador. A las doce la iglesia
está llena y el atrio también. Todos los danzantes ahí reunidos comienzan a
bailar entre la muchedumbre; se escucha el rasgueo del violín y de las
guitarras huapangueras, así como el sonido de la flauta y del tambor de la
danza de los voladores. Los espectadores se reúnen alrededor de cada danza.
Dentro de la iglesia ya no cabe la gente; sólo se percibe el llanto de los
niños y el murmullo de los fieles. La ceremonia da inicio. La plaza está llena.
La gente va y viene en espera de que termine la ceremonia para ir a la casa del
festejado con los invitados y disfrutar de la comida, donde se convida mole de
guajolote, barbacoa, refrescos y cerveza, acompañada la reunión por música de
huapango. Todo es alegría y convivencia con la familia.
Finalmente llega la noche y con
la quema del castillo, los lugareños dan rienda suelta a su alegría por tanta
luz originada por los cohetes. La fiesta culmina con un baile popular. Al
siguiente día todo vuelve a la calma en espera de un largo año para celebrar
nuevamente a San Mateo, patrono del pueblo de Coxquihui.